El Mundial no une al mundo: también reorganiza sus fronteras
El Mundial de 2026 fue presentado como una celebración continental capaz de unir a Estados Unidos, México y Canadá bajo una misma pasión. Sin embargo, detrás de los estadios, las transmisiones globales y las banderas nacionales, el torneo ha dejado al descubierto una realidad mucho más compleja. El futbol no suspende la política: la concentra, la amplifica y la convierte en espectáculo mundial. La primera Copa del Mundo organizada por tres países y con 48 selecciones también funciona como una representación del nuevo equilibrio de poder en América del Norte.
La distribución de los partidos revela desde el inicio una relación profundamente desigual. Estados Unidos concentra 78 de los 104 encuentros, mientras México y Canadá reciben solamente 13 cada uno. Aunque los tres países aparecen formalmente como anfitriones, el centro económico, mediático y político del torneo se encuentra en territorio estadounidense. La organización compartida proyecta cooperación regional, pero también reproduce las asimetrías que determinan quién establece las reglas, concentra los ingresos y domina la narrativa internacional.
Desde la perspectiva del poder, el Mundial representa una herramienta extraordinaria de legitimación. Los gobiernos utilizan estos acontecimientos para proyectar estabilidad, modernidad, seguridad y capacidad organizativa frente al mundo. Las ciudades anfitrionas compiten por atraer turismo e inversiones, mientras los dirigentes buscan asociar su imagen con la emoción colectiva. El deporte ofrece algo que pocas políticas públicas consiguen: una audiencia global dispuesta a mirar, celebrar y consumir al mismo tiempo.
Sin embargo, el discurso de apertura universal choca con las políticas migratorias y los controles fronterizos. Las restricciones de entrada a Estados Unidos, particularmente para ciudadanos de países sometidos a prohibiciones o limitaciones de viaje, han cuestionado el carácter verdaderamente incluyente del torneo. Organizaciones de derechos humanos advirtieron que las detenciones, las restricciones de visado y el endurecimiento migratorio podían impedir que miles de aficionados participaran plenamente. La contradicción es evidente: el mundo fue invitado al Mundial, pero no todos recibieron permiso para cruzar la frontera.
La seguridad también se ha convertido en una narrativa política central. Los tres países anfitriones enfrentan desafíos distintos: Estados Unidos, por sus tensiones internacionales y controles migratorios; México, por la violencia vinculada al crimen organizado; y Canadá, por la necesidad de diferenciar su identidad política dentro de una organización dominada por su vecino del sur. Cada sede intenta comunicar tranquilidad mientras administra riesgos que desbordan el terreno deportivo y alcanzan la diplomacia, la movilidad internacional y la percepción exterior.
La FIFA ocupa un lugar decisivo dentro de esta arquitectura. Aunque se presenta como una institución deportiva, su capacidad para negociar con gobiernos, movilizar capitales y condicionar políticas públicas la convierte en un actor de poder global. Sus decisiones afectan visas, infraestructura, publicidad, seguridad y derechos comerciales. La FIFA no gobierna territorios, pero puede modificar temporalmente sus prioridades, estableciendo exigencias que pocas organizaciones privadas conseguirían imponer a tres Estados simultáneamente.
La comunicación transforma todas estas tensiones en una narrativa de unidad. Las transmisiones televisivas muestran estadios llenos, hinchadas diversas y ceremonias diseñadas para representar fraternidad internacional. Esa imagen no es necesariamente falsa, pero sí incompleta. Mientras el espectáculo celebra la desaparición simbólica de las fronteras, los Estados refuerzan controles, vigilan movimientos y administran cuidadosamente quién puede participar. El Mundial vende una comunidad global mientras la política continúa decidiendo quién pertenece a ella.
La geopolítica del Mundial no se juega únicamente entre selecciones. Se disputa en los aeropuertos, las oficinas consulares, las negociaciones comerciales, las políticas migratorias y la construcción mediática de cada país anfitrión. El futbol sigue siendo capaz de producir encuentros, emociones e identidades compartidas, pero también refleja las desigualdades del orden internacional. Durante noventa minutos las naciones parecen competir en condiciones iguales; fuera de la cancha, el poder continúa repartiendo ventajas, fronteras y silencios.
Fuente: elaboración propia con información de FIFA, Council on Foreign Relations, Le Monde, American University, Amnistía Internacional, Human Rights Watch y Chicago Council on Global Affairs sobre la geopolítica, la seguridad, la migración y la organización del Mundial de 2026.
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