La salud mental también es infraestructura estratégica frente a los desastres en Méxo
México es uno de los países más expuestos a fenómenos naturales, emergencias sanitarias y crisis humanitarias. Terremotos, huracanes, inundaciones, sequías, incendios, epidemias y desplazamientos forzados forman parte de una realidad que exige respuestas cada vez más complejas. Sin embargo, la preparación institucional continúa concentrándose principalmente en la atención física de las emergencias, mientras que el impacto emocional y social de estas experiencias suele recibir una atención secundaria. Esta omisión representa uno de los principales desafíos para la gestión contemporánea del riesgo.
Especialistas de la Universidad Iberoamericana han advertido que el país necesita fortalecer con urgencia la intervención psicosocial en emergencias, entendida como el conjunto de acciones inmediatas destinadas a contener el impacto emocional, proteger la salud mental y fortalecer la capacidad de recuperación de las personas y las comunidades afectadas. Su planteamiento parte de una premisa fundamental: una emergencia no concluye cuando cesa el desastre material, sino cuando las personas logran reconstruir su estabilidad emocional y social.
Desde la perspectiva del poder público, esta reflexión obliga a replantear la forma en que se conciben las políticas de protección civil. Durante décadas, la capacidad institucional se ha medido por el número de rescatistas, hospitales, albergues o equipos de emergencia disponibles. Sin embargo, la resiliencia de una sociedad también depende de su capacidad para procesar el trauma colectivo, evitar secuelas psicológicas y reconstruir los vínculos comunitarios después de una catástrofe. La salud mental constituye, en este sentido, una infraestructura tan importante como las carreteras o los sistemas de comunicación.
La comunicación desempeña un papel decisivo durante estos procesos. En escenarios de crisis, la información no solo orienta las decisiones de la población, sino que también contribuye a disminuir la incertidumbre, contener el miedo y fortalecer la confianza institucional. Cuando los mensajes oficiales son oportunos, claros y empáticos, ayudan a reducir el impacto emocional del desastre. En cambio, la desinformación, los rumores y la ausencia de comunicación generan ansiedad, desconfianza y un deterioro adicional del tejido social.
La experiencia internacional demuestra que cada persona responde de manera distinta frente a una misma emergencia. Factores como la edad, las redes de apoyo, las condiciones económicas o las experiencias traumáticas previas influyen directamente en la forma de enfrentar una crisis. Por ello, los especialistas sostienen que la intervención psicosocial debe diseñarse desde una perspectiva interdisciplinaria, capaz de atender las necesidades individuales, familiares y comunitarias de quienes atraviesan situaciones de desastre.
En un contexto marcado por el cambio climático, el crecimiento urbano desordenado y la persistencia de profundas desigualdades sociales, las emergencias tenderán a ser más frecuentes y complejas. A ello se suman riesgos sanitarios, accidentes industriales y crisis humanitarias que demandan respuestas cada vez más especializadas. Prepararse para estos escenarios implica formar profesionales capaces de intervenir desde el primer momento, no únicamente para salvar vidas, sino también para preservar el bienestar emocional y acelerar la recuperación colectiva.
Comprender los desastres únicamente desde su dimensión material limita la capacidad del Estado para proteger verdaderamente a la población. La política pública del siglo XXI debe reconocer que la reconstrucción comienza mucho antes de levantar edificios o reparar carreteras: inicia cuando las personas recuperan la confianza, la estabilidad emocional y el sentido de comunidad. En ese proceso, la comunicación, la atención psicosocial y la acción gubernamental dejan de ser políticas independientes para convertirse en pilares inseparables de la seguridad humana. La resiliencia de un país no solo se mide por su capacidad para responder a una emergencia, sino por la forma en que acompaña a sus ciudadanos después de ella.
Fuente: Adaptado de "Ante vulnerabilidad de México a desastres, urge impulsar la intervención psicosocial en emergencias, advierten especialistas en IBERO", Universidad Iberoamericana, complementado con evidencia sobre atención psicosocial y gestión del trauma en contextos de desastre.
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