La trampa de pensar que para ganar alguien siempre debe perder
Cuando una persona consigue un empleo, ¿significa que necesariamente se lo quitó a alguien más? Si una minoría obtiene nuevos derechos, ¿la mayoría está perdiendo los suyos? Si otro país se vuelve más próspero, ¿representa automáticamente una amenaza?
Detrás de muchas discusiones políticas, sociales y económicas existe una idea profundamente arraigada: la creencia de que el mundo funciona como un juego en el que cualquier ganancia debe producir una pérdida equivalente.
Esta forma de interpretar la realidad se conoce como pensamiento de suma cero. Bajo esta lógica, la sociedad se parece a un pastel de tamaño fijo: si alguien recibe una porción más grande, necesariamente dejará menos para los demás.
Sin embargo, no todas las relaciones humanas funcionan de esa manera. La cooperación, el conocimiento, el comercio, la educación y la innovación pueden generar beneficios compartidos. A pesar de ello, algunas personas y culturas continúan observando el mundo como una competencia permanente.
El problema comienza cuando la sensación de estar perdiendo se vuelve más poderosa que los hechos.
Una forma de entender el mundo
El pensamiento de suma cero no es únicamente una opinión sobre un tema específico. Puede transformarse en una visión general sobre cómo funciona la sociedad.
Quienes adoptan esta perspectiva tienden a interpretar la política como una lucha entre vencedores y derrotados. Si un grupo avanza, otro debe retroceder. Si una comunidad obtiene reconocimiento, otra pierde importancia. Si un gobierno destina recursos a un sector, se asume que está abandonando a todos los demás.
Esta lógica aparece con frecuencia en debates sobre migración, desigualdad, derechos sociales, relaciones internacionales y distribución de recursos.
Frases como “ellos vienen a quitarnos lo nuestro”, “si ese país crece, nosotros perderemos influencia” o “darle derechos a unos significa arrebatárselos a otros” comparten una misma estructura psicológica: presentan la convivencia como una competencia donde no existe espacio para el beneficio mutuo.
Esto no significa que todos los recursos sean ilimitados. Hay situaciones en las que dos personas o grupos efectivamente compiten por algo escaso. Un puesto de trabajo, una candidatura o una cantidad determinada de agua pueden producir una disputa real.
El error consiste en trasladar esa lógica a todas las dimensiones de la vida social.
Cuando una creencia sobrevive a la realidad
Una investigación publicada en Proceedings of the National Academy of Sciences analizó cómo evolucionan las visiones de suma cero y de suma positiva dentro de una población.
Los investigadores Sergey Gavrilets y Paul Seabright construyeron un modelo matemático en el que las personas interactúan en entornos que alternan entre condiciones competitivas y cooperativas.
Quienes poseen una visión de suma cero tienden a invertir más recursos en competir. En cambio, quienes interpretan el entorno como una situación de suma positiva muestran una mayor disposición a cooperar.
Cuando no existe influencia social, explica el modelo, la visión que representa con mayor precisión las condiciones del entorno tiende a extenderse. Si la competencia es necesaria, la mentalidad competitiva puede resultar útil. Si la colaboración produce mejores resultados, la disposición a cooperar ofrece mayores beneficios.
Sin embargo, el comportamiento cambia cuando entran en juego la presión del grupo, la necesidad de pertenecer y la influencia de figuras con autoridad.
Una creencia puede continuar existiendo incluso después de que el mundo que la originó haya cambiado.
Una sociedad marcada durante años por la escasez, la violencia o la desconfianza puede conservar una mentalidad defensiva cuando las circunstancias comienzan a mejorar. Aunque aparezcan oportunidades de cooperación, sus integrantes podrían seguir actuando como si cualquier acercamiento representara un riesgo.
Los investigadores denominan a este fenómeno un desajuste evolutivo cultural: una visión que alguna vez pudo ser útil permanece activa, aunque ya no responda correctamente a la realidad.
La influencia del grupo
Las personas no construyen su visión del mundo de manera aislada. Observan a sus familiares, vecinos, compañeros y comunidades. También buscan señales que les permitan saber en quién confiar.
Cuando un entorno social repite constantemente que los demás representan una amenaza, esa percepción puede reforzarse, incluso sin una experiencia directa que la confirme.
La investigación señala que la conformidad entre pares puede ayudar a mantener visiones equivocadas. Si todos los integrantes de una comunidad creen que el mundo es una competencia permanente, cuestionar esa idea puede tener un costo social.
En ese contexto, cooperar puede interpretarse como ingenuidad, debilidad o traición.
Además, las personas suelen relacionarse con quienes comparten sus creencias. De esta manera se forman grupos cada vez más homogéneos donde las mismas ideas se confirman mutuamente.
Cuando solamente convivimos con quienes piensan como nosotros, una percepción compartida puede confundirse fácilmente con una verdad universal.
Esto ayuda a explicar por qué dos comunidades que viven dentro de una misma sociedad pueden desarrollar interpretaciones completamente distintas sobre la economía, la migración, la seguridad o el futuro.
No necesariamente están reaccionando a realidades idénticas. También están respondiendo a las ideas que circulan dentro de sus respectivos entornos.
El negocio de mantenernos enfrentados
Uno de los planteamientos más inquietantes del modelo es el papel de las autoridades culturales: líderes políticos, comunicadores, instituciones o figuras capaces de influir en las creencias colectivas.
La investigación muestra que, bajo determinadas condiciones, estas autoridades pueden obtener beneficios al intensificar los prejuicios de su audiencia. Al reforzar la idea de que existen grupos incompatibles, pueden crear comunidades cerradas, leales y dispuestas a invertir tiempo o recursos en quienes confirman su visión.
En el mundo contemporáneo, esta dinámica puede observarse —como una posible aplicación del modelo, no como una demostración directa del estudio— en ciertos discursos políticos y ecosistemas digitales.
Una narrativa que afirma que “todos podemos beneficiarnos” suele ser menos emocional que otra que asegura que “ellos están arrebatándonos algo”. La segunda ofrece un enemigo visible, simplifica problemas complejos y genera una sensación de urgencia.
El miedo a perder puede ser políticamente más rentable que la posibilidad de cooperar.
Cuando una figura pública convence a sus seguidores de que se encuentran bajo una amenaza permanente, cualquier negociación puede presentarse como una rendición. El adversario deja de ser alguien con intereses diferentes y se convierte en un peligro existencial.
Así, la política pierde su capacidad para construir acuerdos y se transforma en una batalla por la supervivencia simbólica.
El progreso ajeno como amenaza
El pensamiento de suma cero también ayuda a comprender algunas reacciones frente a los cambios sociales.
Cuando un grupo históricamente excluido obtiene mayor representación, algunas personas pueden interpretar ese avance como una reducción de su propio valor. No necesariamente han perdido derechos, recursos o libertades, pero pueden sentir que han perdido centralidad.
Esta diferencia es importante: perder privilegio, perder reconocimiento y perder derechos no son la misma cosa, aunque en el debate público puedan presentarse como si fueran equivalentes.
La misma lógica aparece en la geopolítica. El crecimiento económico de una nación puede ser interpretado por otras como una amenaza inevitable, aunque también abra oportunidades de intercambio, innovación y desarrollo compartido.
Esto no significa ignorar la competencia real entre Estados. Significa reconocer que definir toda relación internacional como una lucha absoluta puede provocar precisamente el conflicto que se pretende evitar.
Si un país presupone que cualquier avance del otro representa una derrota propia, responderá de manera defensiva. El otro interpretará esa reacción como una amenaza y actuará de la misma manera. Finalmente, ambos terminarán construyendo un escenario competitivo que inicialmente sólo existía como expectativa.
No toda cooperación beneficia a todos
La visión de suma positiva tampoco debe convertirse en una explicación ingenua.
Existen relaciones profundamente desiguales donde una parte obtiene beneficios a costa de otra. También hay acuerdos presentados como colaborativos que distribuyen las ganancias de manera injusta.
Por ello, abandonar el pensamiento de suma cero no significa asumir que todos los intereses son compatibles. Significa analizar cada situación con base en sus condiciones reales, en lugar de partir de la idea automática de que el beneficio ajeno constituye una amenaza.
Una sociedad necesita saber cuándo competir, pero también debe reconocer cuándo la competencia destruye oportunidades que solamente podrían alcanzarse mediante la cooperación.
El desafío consiste en evitar que una mentalidad construida para sobrevivir en tiempos de escasez se convierta en una prisión cultural.
Cambiar la manera de imaginar el futuro
Las sociedades no sólo toman decisiones a partir de los recursos que poseen. También actúan de acuerdo con las posibilidades que son capaces de imaginar.
Cuando una comunidad considera que el futuro es un territorio limitado, protegerá lo existente y observará cualquier cambio con sospecha. Cuando reconoce que la cooperación puede crear nuevas oportunidades, estará más dispuesta a invertir, compartir conocimiento y construir instituciones.
La diferencia entre ambas visiones puede determinar la forma en que una sociedad responde a la migración, la desigualdad, la innovación tecnológica o las crisis internacionales.
El pensamiento de suma cero ofrece una explicación sencilla: si alguien está avanzando, debe ser porque nosotros estamos retrocediendo. Pero la realidad suele ser mucho más compleja.
En ocasiones competimos por recursos limitados. En otras, nuestra incapacidad para confiar termina destruyendo beneficios que podrían haber sido compartidos.
Tal vez una de las preguntas políticas más importantes de nuestro tiempo no sea únicamente quién está ganando o quién está perdiendo, sino quién obtiene poder al convencernos de que nunca podremos ganar juntos.
Fuente de información: Sergey Gavrilets y Paul Seabright, “The evolution of zero-sum and positive-sum worldviews”, Proceedings of the National Academy of Sciences, 2025. Resumen disponible en la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos.
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