Sentirse pobre puede importar más que realmente serlo para la economía
Durante décadas, la economía partió de una premisa aparentemente sencilla: si aumentan los ingresos, mejora el empleo y crece el patrimonio de las familias, las personas deberían sentirse económicamente mejor. Sin embargo, el comportamiento cotidiano muestra algo mucho más complejo. La gente no evalúa su situación financiera únicamente observando cuánto dinero tiene; también mira cuánto tienen quienes la rodean. Podemos ganar más que hace cinco años y, aun así, sentir que estamos retrocediendo si nuestro grupo de referencia avanza más rápido.
La idea no es nueva. En 1949, James Duesenberry formuló su hipótesis del ingreso relativo: el consumo de una persona depende no sólo de sus ingresos absolutos, sino también de su posición frente a los demás. Décadas de investigación sobre comparación social han profundizado esa intuición. Una parte importante de nuestra sensación de bienestar económico depende de dónde creemos estar dentro de la jerarquía, no simplemente de si podemos comprar más bienes que nuestros padres o abuelos.
Las redes sociales convirtieron esa comparación en una experiencia permanente. Antes comparábamos nuestra casa con la del vecino, nuestro salario con el de compañeros o nuestras vacaciones con las de familiares. Hoy un joven puede comparar su vida diariamente con empresarios, celebridades y creadores que muestran departamentos, automóviles, restaurantes y viajes extraordinarios. Además, observa una versión seleccionada de esas vidas. Nunca habíamos tenido acceso a tantos indicadores de riqueza ajena ni habíamos estado tan expuestos a comparar nuestra normalidad con la excepcionalidad de otros.
Esto ayuda a comprender una paradoja política frecuente: indicadores macroeconómicos positivos pueden convivir con ciudadanos profundamente insatisfechos. Crecimiento del PIB, aumento del empleo o mejora salarial no garantizan automáticamente optimismo. Importan también inflación acumulada, vivienda, deuda, expectativas y desigualdad percibida. Una economía puede mejorar estadísticamente mientras una parte de la población siente que el futuro se está alejando. Y electoralmente, esa sensación puede resultar mucho más poderosa que cualquier gráfica gubernamental.
La vivienda constituye probablemente el ejemplo generacional más contundente. Para muchos jóvenes, observar que sus padres adquirieron una propiedad con una relación entre salario y precio que hoy parece inalcanzable modifica su percepción del progreso. Aunque dispongan de teléfonos, servicios y tecnologías que generaciones anteriores nunca tuvieron, algunos de los grandes símbolos tradicionales de estabilidad —casa, ahorro, independencia o formación de una familia— pueden sentirse más lejanos. Ser materialmente más rico que nuestros abuelos no garantiza sentir que tenemos mejores oportunidades que ellos.
El economista Richard Easterlin encontró hace décadas otra paradoja relacionada. Dentro de un país, las personas con mayores ingresos suelen reportar mayor bienestar; sin embargo, el aumento del ingreso promedio a largo plazo no siempre genera incrementos equivalentes de felicidad. La interpretación y magnitud del llamado Easterlin Paradox continúan siendo discutidas, pero abrió una pregunta fundamental: si todos nos hacemos más ricos simultáneamente, parte de la ventaja psicológica de ser más rico desaparece, porque nuestras expectativas y referencias también se desplazan.
Esta lógica explica además la fuerza del consumo aspiracional. Un automóvil, reloj o teléfono no posee únicamente utilidad funcional: también comunica posición. Thorstein Veblen describió desde finales del siglo XIX el “consumo conspicuo”, mediante el cual determinados bienes permiten exhibir estatus. Las plataformas digitales industrializaron esa exhibición. Consumimos objetos, pero también compramos señales sobre el lugar que queremos ocupar frente a los demás. Por eso algunos mercados de lujo pueden prosperar incluso en sociedades atravesadas por ansiedad económica.
La consecuencia política es profunda. Los gobiernos suelen comunicar bienestar mediante cantidades absolutas: “el salario aumentó”, “hay más empleo”, “la economía creció”. El ciudadano, en cambio, puede formular preguntas relativas: ¿puedo comprar una vivienda?, ¿avanzo más rápido que los precios?, ¿mis hijos vivirán mejor?, ¿por qué otros progresan mucho más? La economía electoral ocurre en la distancia entre el indicador oficial y la experiencia subjetiva. Ignorar cualquiera de los dos produce diagnósticos incompletos.
Quizá por eso una sociedad puede enriquecerse sin sentirse verdaderamente próspera. El crecimiento económico importa enormemente porque permite mejorar alimentación, salud, educación y oportunidades. Pero una vez satisfechas determinadas necesidades, entran en juego expectativas, comparación y estatus. No queremos solamente tener más; queremos sentir que estamos avanzando. Y mientras nuestra referencia económica continúe siendo la vida de quienes parecen estar un escalón arriba, existe una posibilidad incómoda: ninguna cantidad de crecimiento será suficiente para que todos sintamos simultáneamente que finalmente somos ricos.
Fuentes: James Duesenberry, “Income, Saving and the Theory of Consumer Behavior” (1949); Richard Easterlin, investigaciones sobre ingreso relativo y bienestar; Thorstein Veblen, “The Theory of the Leisure Class”; literatura contemporánea sobre comparación social, desigualdad percibida y bienestar económico.
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