El poder cambia tu cerebro y puede hacerte entender menos a otros
El poder suele imaginarse como algo externo: dinero, cargos, influencia, subordinados o capacidad para tomar decisiones. Sin embargo, la psicología social lleva décadas preguntándose si ejercer poder también modifica internamente a quien lo posee. Diversas investigaciones sugieren que sentirse poderoso puede alterar la atención que prestamos a los demás, nuestra disposición a considerar perspectivas ajenas y la manera en que evaluamos riesgos. El poder no solamente permite cambiar el comportamiento de otras personas; también puede cambiar el comportamiento de quien descubre que puede ejercerlo.
Uno de los trabajos más conocidos fue publicado en 2006 por Adam Galinsky y colaboradores. Sus experimentos encontraron que inducir una sensación de poder reducía la tendencia de los participantes a adoptar espontáneamente la perspectiva de otra persona y dificultaba reconocer determinadas expresiones emocionales. Los autores propusieron una explicación inquietante: cuando dependemos menos de los demás para conseguir nuestros objetivos, también disminuye parte de nuestra necesidad de comprenderlos. El poderoso puede permitirse prestar menos atención precisamente porque posee mayor capacidad para actuar sin consentimiento ajeno.
Investigaciones posteriores desarrollaron la llamada teoría de aproximación-inhibición del poder. Según este enfoque, experimentar poder puede aumentar conductas orientadas hacia objetivos, recompensas y acción, mientras una posición de menor poder incrementa vigilancia, precaución y sensibilidad frente a posibles amenazas. La lógica resulta intuitiva. Quien posee pocas posibilidades de controlar una situación necesita observar cuidadosamente a quienes sí pueden hacerlo; quien controla la situación dispone de mayor libertad para ignorar señales externas.
Esto ayuda a explicar una paradoja frecuente en organizaciones. Conforme una persona asciende dentro de una jerarquía, obtiene más capacidad para decidir sobre trabajadores cuya vida cotidiana conoce cada vez menos. Un director puede reorganizar cientos de puestos observando una hoja de cálculo; para cada empleado afectado, esa decisión puede significar modificar vivienda, familia o proyecto profesional. La distancia que facilita tomar decisiones difíciles también puede ocultar el costo humano de esas decisiones.
El fenómeno resulta especialmente importante en política. Presidentes, gobernadores y altos funcionarios viven rodeados de asesores, escoltas, agendas filtradas y personas cuyo trabajo consiste precisamente en atenderlos. Pocas personas contradicen abiertamente a alguien capaz de modificar sus carreras. Así puede surgir una peligrosa burbuja informativa: cuanto mayor es el poder de un dirigente, mayor puede ser la dificultad para saber qué piensa realmente la gente cuando él no está presente. No porque todos mientan, sino porque las jerarquías modifican naturalmente aquello que los subordinados se atreven a comunicar.
El poder también transforma la comunicación. Un comentario ambiguo pronunciado por un empleado puede desaparecer en minutos; pronunciado por un presidente, director ejecutivo o empresario puede modificar mercados, titulares y comportamientos. Quien posee autoridad puede olvidar esa asimetría porque escucha su propia frase exactamente igual que antes. Pero las palabras cambian de peso cuando cambia la posición de quien las pronuncia. El poderoso puede creer que está sugiriendo mientras quienes dependen de él escuchan una orden.
Sin embargo, sería incorrecto concluir que el poder inevitablemente corrompe psicológicamente. Investigaciones posteriores han mostrado que sus efectos dependen del contexto, la personalidad, la responsabilidad y las normas institucionales. El poder también puede permitir actuar con rapidez, defender a otros y perseguir objetivos colectivos. La cuestión no es que toda persona poderosa pierda empatía, sino que determinadas condiciones del poder pueden reducir los incentivos cotidianos que obligan al resto de nosotros a practicarla.
Ahí aparece la importancia de las instituciones. Contrapesos, prensa crítica, transparencia, consejos independientes y posibilidad real de decir “no” cumplen una función que va más allá del derecho constitucional. También ayudan a romper las burbujas psicológicas que rodean a quienes toman decisiones. Un buen sistema no debería depender de que sus dirigentes sean extraordinariamente humildes; debería obligarlos estructuralmente a escuchar información que preferirían no escuchar.
Quizá esa sea la contradicción fundamental del poder. Cuanto mayor capacidad tiene una persona para afectar la vida de otros, mayor debería ser su necesidad de comprenderlos. Sin embargo, algunas investigaciones sugieren que puede ocurrir exactamente lo contrario. El verdadero peligro comienza cuando dejar de escuchar deja de tener consecuencias. Por eso el problema político nunca ha sido solamente quién merece tener poder, sino qué mecanismos impedirán que quien finalmente lo consiga termine creyendo que ya no necesita mirar a quienes están debajo.
Fuentes: Galinsky et al., “Power and Perspectives Not Taken”, Psychological Science (2006); Keltner, Gruenfeld y Anderson, “Power, Approach, and Inhibition”, Psychological Review (2003); literatura posterior sobre poder, empatía, perspectiva y comportamiento organizacional.
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