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La nueva era de los monopolios: ya no quieren venderte todo, quieren controlar lo que todos necesitan

 

Los grandes monopolios del pasado eran relativamente fáciles de imaginar. Una compañía controlaba el petróleo, los ferrocarriles, el acero o las telecomunicaciones. Su poder provenía de dominar un producto o una industria. En la economía digital está apareciendo algo diferente. Las empresas más poderosas pueden no necesitar controlar cada negocio si consiguen controlar la infraestructura que prácticamente todos los negocios necesitan utilizar. Y la inteligencia artificial está acelerando esa transformación.


Pensemos en una empresa que quiere desarrollar un nuevo producto de inteligencia artificial. Necesitará chips avanzados para entrenar modelos, enormes centros de datos para ejecutarlos, servicios de nube para distribuirlos y posiblemente plataformas digitales para conseguir usuarios. Cada una de esas capas requiere inversiones gigantescas. La pregunta ya no es solamente quién construirá la mejor inteligencia artificial, sino quién podrá pagar la infraestructura necesaria para competir.


Los semiconductores muestran perfectamente el problema. Nvidia se convirtió en el actor dominante de los aceleradores utilizados para entrenar y ejecutar numerosos sistemas avanzados de IA. Pero incluso Nvidia depende de otra compañía extraordinariamente importante: TSMC, fabricante taiwanés que produce algunos de los chips más sofisticados del planeta. Y TSMC, a su vez, necesita las máquinas de litografía ultravioleta extrema fabricadas por la neerlandesa ASML. Detrás de la revolución de la inteligencia artificial existe una cadena de cuellos de botella donde unas cuantas compañías poseen capacidades extremadamente difíciles de sustituir.


Eso no significa que todas sean monopolios en sentido jurídico. La competencia existe y compañías como AMD, Intel, Google, Amazon y diversos fabricantes chinos están desarrollando alternativas. Lo importante es la estructura: entrar en estos mercados requiere cantidades extraordinarias de capital, conocimiento tecnológico y tiempo. Una fábrica avanzada de semiconductores puede costar decenas de miles de millones de dólares. Hay industrias donde tener una buena idea ya no es suficiente para competir; también necesitas una cantidad gigantesca de dinero para convertirla en realidad.


La nube representa otra capa. Amazon Web Services, Microsoft Azure y Google Cloud concentran buena parte del mercado mundial de infraestructura en la nube. Esas mismas compañías participan además activamente en inteligencia artificial. Microsoft mantiene una relación estratégica con OpenAI; Amazon y Google han invertido miles de millones en Anthropic. Los gigantes que proporcionan infraestructura pueden convertirse simultáneamente en inversionistas, distribuidores y competidores dentro del ecosistema construido sobre esa infraestructura.


Ahí aparece una de las preguntas económicas más importantes de nuestro tiempo: ¿qué ocurre cuando quien posee la carretera también tiene automóviles compitiendo sobre ella? Esta preocupación explica parte del creciente interés de reguladores estadounidenses, británicos y europeos por las relaciones entre proveedores de nube, desarrolladores de modelos y compañías tecnológicas. El problema no necesita comenzar con precios elevados. Puede comenzar cuando nuevos competidores descubren que necesitan contratar infraestructura perteneciente precisamente a quienes podrían terminar compitiendo contra ellos.


La inteligencia artificial añade además otro recurso estratégico: energía. La Agencia Internacional de Energía ha advertido que el consumo eléctrico de los centros de datos crecerá considerablemente durante los próximos años impulsado por la IA. Eso está convirtiendo acceso a electricidad, terrenos, redes y capacidad de refrigeración en ventajas competitivas. La próxima empresa tecnológica dominante podría necesitar negociar no solamente con programadores e inversionistas, sino con compañías eléctricas y gobiernos capaces de garantizar gigavatios.


Esto ayuda a explicar por qué las grandes tecnológicas están firmando acuerdos energéticos extraordinarios. Microsoft llegó a un acuerdo relacionado con la reactivación de una unidad de Three Mile Island; Google ha firmado acuerdos vinculados con pequeños reactores modulares; Amazon también ha invertido en proyectos nucleares. La IA está haciendo que empresas nacidas alrededor del software comiencen a comportarse parcialmente como grandes actores industriales. Cuando computar requiere cantidades gigantescas de electricidad, controlar energía también se convierte en controlar capacidad tecnológica.


El riesgo es que aparezca una economía dividida entre quienes poseen infraestructura y quienes deben alquilarla. Miles de empresas podrían construir aplicaciones de inteligencia artificial y aparentemente existiría enorme competencia. Pero si todas dependen de un pequeño grupo para conseguir chips, nube, modelos o distribución, la diversidad visible en la superficie podría ocultar una concentración extraordinaria en las capas inferiores.


Ya ocurrió algo parecido en otras etapas de la historia económica. Los ferrocarriles no fabricaban todos los productos estadounidenses del siglo XIX, pero podían decidir cuánto costaba transportarlos. Las compañías telefónicas no producían todas las conversaciones, pero controlaban la infraestructura que permitía realizarlas. Los sistemas operativos no desarrollaban todo el software, pero podían determinar las condiciones bajo las cuales otros programas llegaban al usuario. El verdadero poder económico muchas veces pertenece menos a quien fabrica cosas que a quien controla aquello por donde deben pasar las cosas.


Por eso la gran batalla antimonopolio de las próximas décadas probablemente será diferente de la que conocimos. No bastará con preguntar cuántas empresas venden determinado producto. Habrá que observar quién controla chips, centros de datos, energía, nube, sistemas operativos, tiendas de aplicaciones, buscadores y modelos fundamentales. Una economía puede tener miles de startups y seguir dependiendo estructuralmente de cinco o seis gigantes.


La pregunta decisiva de la inteligencia artificial quizá no sea entonces cuál modelo será más inteligente. Será quién tendrá derecho económico a construir inteligencia a gran escala. Porque si desarrollar los sistemas más poderosos termina requiriendo fábricas multimillonarias, cantidades gigantescas de electricidad y centros de datos que solamente unas cuantas corporaciones pueden financiar, podríamos estar construyendo una tecnología revolucionaria sobre una estructura profundamente concentrada.


El monopolio del futuro quizá no consista en ser dueño de todo. Bastará con ser dueño de aquello que todos los demás necesitan para existir.


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