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India está jugando con Estados Unidos, China y Rusia al mismo tiempo



Durante décadas, las grandes potencias acostumbraron dividir el mundo entre aliados y adversarios. Estados Unidos construyó alianzas militares; Rusia conservó socios estratégicos y China desarrolló una enorme red comercial. India está intentando algo diferente. Mantiene cooperación militar y tecnológica con Washington, compra enormes cantidades de petróleo ruso, pertenece a los BRICS y esta misma semana vuelve a compartir mesa con China y Rusia. Nueva Delhi no parece querer elegir un bloque: quiere convertirse en una potencia suficientemente importante para que todos necesiten negociar con ella.


La imagen resulta especialmente significativa ahora. Este 31 de agosto, Narendra Modi se reunió con Vladímir Putin durante la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái en Bishkek. India continúa siendo uno de los grandes compradores de petróleo ruso pese a las sanciones occidentales, pero Modi volvió a pedir públicamente una solución a la guerra en Ucrania. India puede comprarle energía a Moscú y, al mismo tiempo, decirle a Putin que la guerra debe terminar.


La aparente contradicción es precisamente la estrategia. India pertenece al Quad junto con Estados Unidos, Japón y Australia, una asociación relevante para el equilibrio del Indo-Pacífico. Pero también integra los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghái, espacios donde comparte mesa con China y Rusia. Especialistas describen esta política como multi-alignment: construir relaciones simultáneas con actores enfrentados sin entregar completamente la autonomía estratégica a ninguno.


Esto desafía particularmente a Estados Unidos. Washington necesita a India como contrapeso frente al crecimiento chino en Asia y como socio tecnológico y económico. Pero Nueva Delhi no parece dispuesta a convertir esa relación en subordinación. Incluso las políticas más proteccionistas y coercitivas estadounidenses han reforzado una vieja preocupación india: depender excesivamente de una sola potencia significa permitir que esa potencia pueda presionarte cuando sus intereses cambien.


China representa el dilema contrario. India mantiene una histórica rivalidad territorial y estratégica con Pekín y ambos compiten por influencia en Asia. Sin embargo, eso tampoco impide negociar. El nuevo orden internacional permite algo que durante la Guerra Fría parecía mucho más difícil: dos países pueden considerarse rivales militares, socios comerciales y participantes de una misma organización internacional simultáneamente.


Y ahí está la historia verdaderamente importante. India no está sola. Brasil mantiene estrechos vínculos económicos con China sin romper con Estados Unidos. Arabia Saudita coopera militarmente con Washington mientras profundiza relaciones con Pekín. Indonesia, Turquía y otras potencias regionales buscan preservar márgenes similares. Carnegie señala precisamente que India y Brasil ejemplifican esta tendencia hacia la multialineación: ampliar opciones diplomáticas en lugar de reducirlas.


La transformación está debilitando una de las ideas más persistentes de la política internacional: que tarde o temprano todos deberán escoger entre Estados Unidos y China. Numerosos países parecen responder exactamente lo contrario. Quieren tecnología estadounidense, manufactura china, energía rusa, inversiones europeas y relaciones comerciales con quien resulte conveniente. No buscan necesariamente cambiar de bando; quieren dejar de necesitar un bando. El FMI ha señalado en 2026 que estas potencias medias tienen cada vez más posibilidades de construir coaliciones específicas según sus propios intereses.


Eso también explica por qué el llamado “Sur Global” resulta engañoso cuando se presenta como un bloque político homogéneo. Una investigación publicada apenas el 26 de agosto concluye que existe demasiada heterogeneidad económica y política para considerarlo una fuerza geopolítica unificada. China, India, Brasil, Sudáfrica y otros países pueden coincidir frente a determinados asuntos y enfrentarse en otros. Lo que está creciendo no es necesariamente una alianza contra Occidente, sino la capacidad de algunos Estados para negociar con varios centros de poder.


Para América Latina esta transformación importa muchísimo. Durante buena parte del siglo XX, la cercanía con Estados Unidos condicionó profundamente la política exterior regional. La expansión económica china cambió esa ecuación. Ahora minerales, alimentos, energía, infraestructura y tecnología permiten a países latinoamericanos negociar con actores diferentes. La competencia entre Washington y Pekín puede convertirse en presión, pero también en oportunidad. El verdadero poder consistirá en conseguir inversiones y mercados sin transformar una nueva relación económica en una nueva dependencia.


Quizá por eso India sea uno de los países que mejor permite entender hacia dónde se dirige la política internacional. Mientras Estados Unidos y China compiten por definir el próximo orden mundial, Nueva Delhi parece plantear una tercera posibilidad: que ninguna potencia consiga organizarlo completamente alrededor de sí misma. El futuro podría no pertenecer únicamente al país más poderoso, sino a aquellos suficientemente importantes para poder decirles “sí” y “no” a todos.


Fuentes: Reuters y Associated Press, cobertura de la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái (31 de agosto de 2026); Carnegie Endowment for International Peace; Council on Foreign Relations; Fondo Monetario Internacional; Zeitschrift für Politikwissenschaft (2026).

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