Antes el humor revelaba tu clase social: Bourdieu ayuda a entender por qué
Hubo una época en la que la forma de reír también podía revelar de dónde venías. El chiste contado en una cantina, la sátira política de un periódico, la ironía literaria y el humor representado en un teatro podían provocar carcajadas entre públicos completamente distintos. No porque unas personas fueran más inteligentes que otras, sino porque cada grupo disponía de referencias, experiencias y códigos diferentes. Pierre Bourdieu encontró una explicación para fenómenos como éste: el gusto también se aprende y puede funcionar como una forma de distinción social.
Bourdieu desarrolló esta idea especialmente en La distinción, publicada en 1979. Para el sociólogo francés, nuestras preferencias culturales no aparecen exclusivamente de manera espontánea: están relacionadas con la educación, la familia y los espacios sociales que frecuentamos. A ese conjunto de conocimientos y disposiciones lo llamó capital cultural. Saber apreciar determinada música, reconocer una referencia literaria o comprender una ironía sofisticada podía funcionar como una señal silenciosa de pertenencia a determinado grupo social.
El humor encaja particularmente bien en esa lógica porque un chiste necesita conocimiento compartido. Para comprender una parodia política hay que conocer aquello que está parodiando; para reír con una referencia filosófica hay que reconocer al filósofo; para entender un doble sentido local hay que compartir determinadas reglas culturales. Durante siglos, además, los públicos estuvieron mucho más separados por educación, territorio y clase. El humor popular circulaba en plazas, fiestas, tabernas y espectáculos, mientras otras formas de sátira se desarrollaban entre periódicos, círculos intelectuales, salones y teatros.
Pero eso no significa que el humor popular fuera intelectualmente inferior. Mijaíl Bajtín mostró al estudiar a Rabelais cómo la risa popular podía invertir temporalmente las jerarquías sociales. El carnaval permitía burlarse de autoridades, cuerpos respetables, instituciones y normas que durante la vida cotidiana parecían intocables. La risa podía convertirse así en una forma de desacralización: durante unas horas, el poderoso podía transformarse en objeto de burla y aquello considerado vulgar podía ocupar el centro de la escena.
La llegada de los medios masivos comenzó a mezclar esos universos. La prensa, la radio, el cine y posteriormente la televisión construyeron referencias compartidas por millones de personas. El humor dejó de depender exclusivamente de comunidades pequeñas y aparecieron personajes, frases y situaciones reconocibles prácticamente por todo un país. La cultura de masas creó algo extraordinario: millones de desconocidos podían reírse del mismo chiste porque todos conocían previamente el contexto necesario para entenderlo.
Internet volvió a modificar esa estructura. Hoy un meme puede exigir conocer simultáneamente una película de hace veinte años, una noticia ocurrida ayer y una expresión nacida hace tres horas en TikTok. Ya no basta necesariamente con tener educación formal; existe también una especie de capital cultural digital compuesto por referencias, códigos, comunidades y lenguajes que envejecen a enorme velocidad. Alguien puede tener un doctorado y no comprender un meme adolescente, mientras una persona de 17 años puede interpretar inmediatamente todas sus capas.
Por eso el humor sigue revelando mucho más que aquello que nos parece gracioso. Reírse también significa demostrar que entendimos. Cada carcajada confirma silenciosamente que reconocemos el código, la referencia y el grupo al que pertenece. Bourdieu no escribió una teoría del meme ni sostuvo que el humor estuviera determinado completamente por la clase social, pero su concepto de capital cultural permite comprender una transformación fascinante: antes nuestra forma de reír podía revelar educación, clase y procedencia; hoy también puede revelar en qué rincón de internet vivimos.
Fuentes: Pierre Bourdieu, La distinction. Critique sociale du jugement (1979); Pierre Bourdieu, “The Forms of Capital” (1986); Mijaíl Bajtín, La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento: el contexto de François Rabelais; Christie Davies, investigaciones sociológicas sobre humor y sociedad; Giselinde Kuipers, Good Humor, Bad Taste: A Sociology of the Joke (2006) y estudios sobre gusto humorístico, clase y fronteras culturales.
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