SWIFT y el arma financiera: cómo el sistema de pagos se volvió instrumento de poder
Pocas personas han oído hablar de SWIFT, aunque probablemente lo han usado. Cada vez que alguien envía dinero de un banco a otro en un país distinto, es muy posible que la orden viaje a través de esta red. La Sociedad para las Telecomunicaciones Financieras Interbancarias Mundiales, fundada en 1973 y con sede en Bélgica, conecta a más de 11.000 instituciones financieras en más de 200 países. No mueve dinero en sí: transmite los mensajes estandarizados con los que los bancos se dan instrucciones de pago. Pero precisamente por eso se ha convertido en una de las piezas más poderosas del sistema financiero mundial.
SWIFT nació como una cooperativa técnica, neutral, propiedad de los propios bancos. Su transformación en instrumento geopolítico llegó con las sanciones. En 2012, por presión de Estados Unidos y la Unión Europea, la red desconectó a los bancos iraníes por el programa nuclear de Teherán, un golpe que dificultó enormemente el comercio exterior del país. Diez años después, tras la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022, la UE y sus aliados excluyeron de SWIFT a los principales bancos rusos, una medida que hasta entonces se consideraba la "opción nuclear" financiera.
El poder de SWIFT es parte de un poder más amplio: el del dólar y el de las instituciones occidentales en el corazón de las finanzas globales. Como la mayor parte del comercio internacional se factura en dólares y pasa en algún momento por bancos estadounidenses o europeos, Washington y Bruselas pueden congelar activos, prohibir transacciones y sancionar a terceros que comercien con países castigados. Tras la invasión, los países del G7 inmovilizaron alrededor de 300.000 millones de dólares en reservas del banco central ruso. Los politólogos Henry Farrell y Abraham Newman llamaron a este fenómeno "interdependencia convertida en arma": las redes que conectan al mundo permiten a quienes controlan sus nodos centrales ejercer presión sobre los demás.
Los países sancionados han buscado alternativas. Rusia desarrolló desde 2014 su propio sistema de mensajería financiera, el SPFS, y China impulsa desde 2015 el CIPS, un sistema de pagos internacionales en yuanes. También crecen los acuerdos para comerciar en monedas locales entre miembros de los BRICS. Sin embargo, un estudio reciente sobre el caso ruso concluyó que estas alternativas pueden mantener algunos pagos en marcha, pero carecen del alcance global, la liquidez, la confianza y los efectos de red de SWIFT. Las reservas internacionales rusas cayeron con fuerza tras la exclusión, y las exportaciones solo resistieron gracias al alza de los precios de la energía.
El uso del arma financiera tiene, sin embargo, un costo potencial para quien la empuña. Cada nueva sanción envía un mensaje a terceros países: si el sistema puede volverse contra Rusia o Irán, también podría volverse contra otros. Eso alimenta los esfuerzos de diversificación, desde las compras récord de oro de los bancos centrales hasta los proyectos de monedas digitales que esquiven la infraestructura occidental. Para algunos analistas, el abuso de las sanciones podría erosionar a largo plazo la centralidad del dólar. Para otros, ese riesgo está sobrevalorado, porque ninguna alternativa ofrece por ahora la profundidad, la libertad de capitales y la seguridad jurídica de los mercados occidentales.
SWIFT ilustra una forma de poder menos visible que los ejércitos, pero igual de efectiva: la capacidad de decidir quién puede participar en la economía global y en qué condiciones. En un mundo cada vez más fragmentado, la batalla por el control de las infraestructuras financieras será tan importante como la batalla por los territorios.
Fuentes: SWIFT; DLA Piper; CNN en Español; inkl / estudio sobre la exclusión de Rusia de SWIFT; Farrell y Newman, "Weaponized Interdependence", International Security (2019); Comisión Europea; El Salto.

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